Stein había desaparecido.

Capítulo XXVIII

El día siguiente al de los sucesos referidos en el capítulo que precede, el duque estaba sentado en su librería enfrente de su carpeta. Tenía en la mano la pluma inmóvil y derecha, semejante a un soldado de ordenanza que no aguarda más que una orden para ponerse en movimiento.

Abrióse lentamente la puerta, por la que se vio aparecer la hermosa cabeza de un niño de seis años, casi sumergida en una profusión de rizos negros.

—Papá Carlos—dijo—, ¿estáis solo? ¿Puedo entrar?

—¿Desde cuándo, ángel mío—respondió el padre—, necesitas tú licencia para entrar en mi cuarto?

—Desde que no me queréis tanto como antes—respondió el niño apoyándose en las rodillas de su padre—. Y eso que soy bueno: estudio bien con don Federico, como me lo habéis mandado, y en prueba de ello voy a hablar en alemán.

—¿De veras?—dijo el duque tomando a su hijo en brazos.

—De veras; escucha, Gott segne meinen guten Vater que quiere decir: Dios bendiga a mi buen padre.

El duque estrechó entre sus brazos a la hermosa criatura, la cual poniendo sus manecitas en los hombros de su padre y echándose atrás añadió: