El duque empezó entonces a columbrar la verdad, y un temblor que no pudo contener recorrió sus miembros.

—¡María!...—exclamó al fin.

—María—respondió Stein sin levantar la frente, como si la infamia de su mujer fuese un peso que se la oprimiera.

—¡Y la habéis sorprendido!—dijo el duque, pudiendo apenas pronunciar estas palabras, con una voz que la indignación ahogaba.

—En una verdadera orgía—respondió Stein—, tan licenciosa como grosera, en que el vino y el tabaco servían de perfume y en que el torero Pepe Vera se jactaba de ser su amante. ¡Ah María, María!—prosiguió, cubriéndose el rostro con las manos.

El duque, que como todos los hombres serenos tenía un gran imperio sobre sí mismo, dio algunas vueltas por el aposento. Parándose después delante de su pobre amigo, le dijo:

—Partid, Stein.

Stein se levantó, apretó entre sus manos las del duque; ¡quiso hablar, y no pudo!

El duque le abrió sus brazos.

—Valor, Stein—le dijo—; y hasta la vista.