El duque se acercó a él, le tomó la mano y le dijo:

—No hay indiscreción en desahogar sus penas en el corazón de un amigo, ni puede existir deber alguno que prohíba a un hombre recibir los consejos de las personas que se interesan en su bienestar, particularmente en las circunstancias graves de la vida. Hablad, Stein. Abridme vuestro corazón. Estáis harto agitado para obrar a sangre fría; vuestra razón está demasiado ofuscada para poder aconsejar cuerdamente. Sentémonos en este diván. Abandonaos a mis consejos en una circunstancia que parece de trascendencia, como yo me abandonaría a los vuestros, si me hallara en el mismo caso.

Stein se dio por vencido; sentóse cerca del duque y los dos quedaron por algún tiempo en silencio. Stein parecía ocupado en buscar el modo de hacer la declaración que exigía la amistad del duque. Por fin, levantando pausadamente la cabeza.

—Señor duque—le dijo—, ¿qué haríais si la señora duquesa os prefiriese a otro hombre?..., ¿si os fuera infiel?

El duque se puso en pie de un salto, erguida la frente y mirando severamente a su interlocutor.

—Señor doctor, esa pregunta...

—Respondedme, respondedme—dijo Stein, cruzando las manos en actitud de un hombre profundamente angustiado.

—¡Por Cristo Santo!—dijo el duque—, ¡ambos morirían a mis manos!

Stein bajó la cabeza.

—Yo no los mataré—dijo—; ¡pero me dejaré morir!