—Así lo creo—dijo Stein—; y este deber me priva del único consuelo que me quedaba, el de poder desahogar mi corazón en el del noble y generoso mortal que me abrió su manos poderosas y se dignó llamarme su amigo.
—¿Y adónde vais?
—A América.
—Eso es imposible, Stein; lo repito, ¡es imposible!—exclamó el duque, levantándose en un estado de agitación que crecía por momentos—. Nada puede haber en el mundo que os obligue a abandonar vuestra mujer, a separaros de vuestros amigos, a desertar de vuestro empleo y a dejar plantada vuestra clientela, como podría hacerlo un tarambana. ¿Tenéis ambición? ¿Os han prometido mayores ventajas en América?
Stein sonrió amargamente.
—¡Ventajas, señor duque! ¿No ha sobrepujado la fortuna todas las esperanzas que pudo haber soñado vuestro pobre compañero de viaje?
—Me confundís—dijo el duque—. ¿Es capricho? ¿Es un rapto de locura?
Stein callaba.
—De todos modos—añadió el duque—, es una ingratitud.
Al oír esta palabra cruel y tierna al mismo tiempo, Stein se cubrió el rostro con las manos y su dolor largo rato comprimido estalló en hondos sollozos.