—María no viene conmigo.
—Vamos, don Federico, os chanceáis. No puede ser.
—Lo que no puede ser, señor duque, es que yo permanezca aquí.
—¿La razón?
—¡Ah!, no me la preguntéis, porque no puedo decirla.
—No puedo concebir una sola—dijo el duque—que sea bastante a justificar semejante locura.
—Bien imperiosa debe de ser—respondió Stein—la que me pone en el caso de tomar este partido extremo.
—Pero... amigo Stein, ¿qué razón es esa?
—Debo callarla, señor.
—¿Qué debéis callarla?—exclamó el duque, cada vez más atónito.