Esta selló con sus lindas manos los labios de su marido.

—¿Vas a echar a perder lo presente con el recuerdo de lo pasado?—le dijo.

—Quiero—dijo el duque—que sepas mis faltas, juzgadas por el mundo con demasiada severidad, mi justificación y mi arrepentimiento.

—Hagamos un pacto—dijo la duquesa interrumpiéndole—. No me hables nunca de tus faltas y yo no te hablaré nunca de mis penas.

En este momento entró Ángel corriendo. El duque y la duquesa se separaron por un movimiento pronto y simultáneo, porque en España, en donde el lenguaje es libre por demás, delante de los niños y los jóvenes hay una extremada reserva en las acciones.

—¿Llora mamá?, ¿llora mamá?—gritó el niño, poniéndose colorado y llenándosele los ojos de lágrimas—. ¿La habéis reñido, papá Carlos?

—No, hijo mío—respondió la duquesa—. Lloro de alegría.

—¿Y por qué?—preguntó el niño, en cuyo rostro la sonrisa había sucedido inmediatamente a las lágrimas.

—Porque mañana sin falta—respondió el duque, tomándole en brazos y acercándose a su mujer—salimos todos para nuestras posesiones de Andalucía, que tu madre desea ver, y allí seremos felices como los ángeles en el cielo.

El niño lanzó un grito de alegría, enlazó con un abrazo el cuello de su padre y con el otro el de su madre, acercando sus cabezas y cubriéndolas sucesivamente de besos.