En aquel instante se abrió la puerta y dio entrada al marqués de Elda.
—Papá marqués—gritó su nieto—, mañana nos vamos todos.
—¿De veras?—preguntó el marqués a su hija.
—Sí, padre—respondió la duquesa—; y una sola cosa falta a mi contento, y es que queráis acompañarnos.
—Padre—dijo el duque—, ¿podéis negar algo a vuestra hija, que sería una santa si no fuera un ángel?
El marqués miró a su hija, en cuyo rostro brillaba un gozo intenso; después al duque, que ostentaba la más pura satisfacción. Entonces una tierna sonrisa suavizó la austeridad natural de su semblante, y acercándose a su yerno:
—¡Venga acá esa mano—le dijo—; y cuenta conmigo!
Capítulo XXIX
María, indispuesta desde antes de ir a la cena, había empeorado y tenía calentura a la mañana siguiente.
—Marina—dijo a su criada, después de un inquieto y breve sueño—, llama a mi marido, que me siento mala.