—¡Otra te pego!—gritó su ama.
—Es que el señor Pepe Vera quiere veros.
—Que entre—dijo María, volviéndose con prontitud.
Entró Pepe Vera, abrió las persianas para que entrase la luz, se echó sobre una silla sin dejar de fumar, y mirando a María, cuyas mejillas encendidas y cuyos ojos hinchados indicaban una seria indisposición.
—¡Buena estás!—le dijo—. ¿Qué dirá Poncio Pilatos?
—No está en casa—respondió María cada vez más ronca.
—Tanto mejor; y quiera Dios que siga andando, como el judío errante, hasta el día del juicio. Ahora vengo de ver los toros de la corrida de esta tarde. ¡Ya nos darán que hacer los tales bichos! Hay uno negro que se llama Medianoche, que ya ha matado un hombre en el encierro.
—¿Quieres asustarme y ponerme peor de lo que estoy?—dijo María—. Cierra las persianas, que no puedo aguantar el resplandor.
—¡Tonterías!—replicó Pepe Vera—. ¡Puros remilgos! No está aquí el duque para temer que te ofenda la luz, ni el matasanos de tu marido, para temer que entre un soplo de aire y te mate. Aquí huele a pachulí, a algalia, a almizcle, a cuantos potingues hay en la botica. Esas porquerías son las que te hacen daño. Deja que entre el aire y que se oree el cuarto, que esto te hará provecho. Dime, prenda, ¿irás esta tarde a la corrida?
—¿Acaso estoy capaz de ir?—respondió María—. Cierra esa ventana, Pepe. No puedo soportar esa luz tan viva ni ese aire tan frío.