Al decir estas palabras, se levantó él, y abrió de par en par la ventana.

—Y yo—dijo Pepe—no puedo soportar tus dengues.

Lo que tienes es poco mal y bien quejado. ¡Adiós, no parece sino que vas a echar el alma! Pues señá de la media almendra, voy a mandar hacer el ataúd y después a matar a Medianoche, brindándoselo a Lucía del Salto, que se pondrá poco hueca en gracia de Dios.

—¡Dale con esa mujer!—exclamó María, incorporándose con un gesto de rabia—. ¿No dicen que se iba con un inglés?

—¿Qué se había de ir a aquellas tierras, donde no se ve el sol sino por entre cortinas y donde se duerme la gente en pie?—dijo el torero.

—Pepe, no eres capaz de hacer lo que dices. ¡Sería una infamia!

—La infamia sería—dijo Pepe Vera, plantándose delante de María con los brazos cruzados—que cuando yo voy a exponer mi vida, en lugar de estar tú allí para animarme con tu presencia, te quedases en tu casa, para recibir al duque con toda libertad, bajo el pretexto de estar resfriada.

—¡Siempre el mismo tema!—dijo María—. ¿Note basta haber estado espiando oculto en mi cuarto, para convencerte por tus mismos ojos de que entre el duque y yo no hay nada? Sabes que lo que le gusta en mí es la voz, no mi persona. En cuanto a mí, bien sabes...

—¡Lo que yo sé—dijo Pepe Vera—es que me tienes miedo!, ¡y haces bien, por vida mía! Pero Dios sabe lo que puede suceder, quedándote sola y segura de que no puedo sorprenderte. No me fío de ninguna mujer; ni de mi madre.

—¡Miedo yo!—replicó María—¡Yo!