—¡Yo conozco esa cara!—dijo con sorpresa.
—Puede ser, hermana—respondió la que había entrado, con mucha dulzura—. Nosotras vamos a las casas de los pobres como a las de los ricos.
—Pero ¿dónde está Marina? ¿Dónde está?—dijo la enferma.
—Se ha huido con el criado, robando cuanto han podido haber a las manos.
—¿Y mi marido?
—Se ha ausentado sin saberse adónde.
—¡Jesús!—exclamó la enferma, aplicándose las manos a la frente.
—¿Y el duque?—preguntó después de algunos instantes de silencio—. Debéis conocerle, pues en su casa fue donde creo haberos visto.
—¿En casa de la duquesa de Almansa? Sí, en efecto, esa señora me encargaba de la distribución de algunas limosnas. Se ha ido a Andalucía con su marido y toda su familia.
—¡Conque estoy sola y abandonada!—exclamó entonces la enferma, cuyos recuerdos se agolpaban a su memoria, siendo los primeros los más lejanos, como suele suceder al volver en sí de un letargo.