—¿Y qué? ¿No soy yo nadie?—dijo la buena hermana de la caridad, circundando con sus brazos a María—. Si antes me hubieran avisado, no os hallaríais en el estado en que os halláis.

De repente salió un ronco grito del dolorido pecho de la enferma.

—¡Pepe!..., ¡el toro!... ¡Pepe!..., ¡muerto!..., ah!

Y cayó sin sentido en la almohada.

Capítulo XXX

Seis meses después de los sucesos referidos en el último capítulo, la condesa de Algar estaba un día en su sala en compañía de su madre. Ocupábase en adornar con cintas y en probar a su hijo un sombrero de paja.

Entró el general Santa María.

—Ved, tío—dijo—, qué bien le sienta el sombrero de paja a este ángel de Dios.

—Le estás mimando que es un contento—repuso el general.

—No importa—intervino la marquesa—. Todas mimamos a nuestros hijos, que no por eso dejan de ser hombres de provecho. No te mimó poco nuestra madre, hermano, lo cual no te ha impedido ser lo que eres.