—Mamá, dame un bizcocho—dijo con media lengua el niño.
—¿Qué significa eso de tutear a su madre, señor renacuajo?—dijo el general—. No se dice así; se dice: «Madre, ¿quiere usted hacerme el favor de darme un bizcocho?»
El niño se echó a llorar, al oír la voz áspera de su tío. La madre le dio un bizcocho a hurtadillas y sin que el general lo viese.
—Es tan chico—observó la marquesa—que todavía no sabe distinguir entre el tú y el usted.
—Si no lo sabe—replicó el general—, se le enseña.
—Pero tío—dijo la condesa—, yo quiero que mis hijos me tuteen.
—¡Cómo, sobrina!—exclamó el general—. ¿También quieres tú entrar en esa moda que nos ha venido de Francia, como todas las que corrompen las costumbres?
—Conque ¿el tuteo entre padres e hijos corrompe las costumbres?
—Sí, sobrina; como todo lo que contribuye a disminuir el respeto, sea lo que fuere. Por esto me gustaba la antigua costumbre de los grandes de España, que exigían el tratamiento de excelencia a sus hijos.
—El tuteo, que pone en un pie de igualdad, que no debe existir entre padres e hijos, no hay duda que disminuye el respeto—dijo la marquesa—. Dicen que aumenta el cariño; no lo creo. ¿Acaso, hija mía, me habrías amado más si me hubieras tuteado?