—No, madre—dijo la condesa, abrazándola con ternura—, pero tampoco os hubiera respetado menos.
—Siempre has sido tú una hija buena y dócil—dijo el general—, y las excepciones no prueban nada. Pero vamos a otra cosa. Traigo a ustedes una noticia que no podrá menos de serles grata. La hermosa corbeta «Iberia», procedente de La Habana, acaba de llegar a Cádiz; conque mañana es probable que demos un abrazo a Rafael. ¡Qué afortunado es ese muchacho! Apenas nos escribe que tenía ganas de volver a la Península, cuando se le presenta la ocasión que deseaba y el capitán general le envía de vuelta con pliegos importantes.
Aún estaban la marquesa y la condesa expresando la alegría que esta noticia les causaba, cuando se abrió la puerta y Rafael Arias se precipitó en los brazos de sus parientas, estrechándolas repetidas veces entre los suyos, y la mano al general.
—¡Cuánto me alegro de verte, mi bueno, mi querido Rafael!—decía la condesa.
—¡Jesús!—añadió la marquesa—; ¡gracias a Nuestra Señora del Carmen que estás de vuelta! Pero ¿qué necesidad tenías, con un buen patrimonio, de ir a pasar la mar, como si fuera un charco? Apuesto a que te has mareado.
—Eso es lo de menos, porque es mal pasajero—respondió Rafael—; pero tuve otro mal que empeoraba de día en día, y era el ansia por mi patria y por las personas de mi cariño. No sé si es porque España es una excelente madre o porque nosotros los españoles somos buenos hijos, lo cierto es que no podemos vivir sino en su seno.
—Es por lo uno y por lo otro, mi querido sobrino; por lo uno y por lo otro—repitió con una sonrisa de gran satisfacción el general.
—¡Es La Habana país muy rico!, ¿no es verdad, Rafael?—preguntó la condesa.
—Sí, prima—respondió Rafael—; y sabe serlo, como una gran señora que es. Su riqueza no es como la del que se enriqueció ayer, que a manera de torrentes, corre, se precipita y pasa, haciendo gran estrépito. Allí la opulencia mana blandamente y sin ruido, como un río profundo y copioso, que deriva sus aguas de manantiales permanentes. Allí la riqueza está en todas partes, y sin necesidad de anunciarse con ostentación, todo el mundo la ve y la siente.
—Y las mujeres, ¿te han gustado?—preguntó la condesa.