—¿Y qué respondiste?
—Que no me gustaban las píldoras ni aun doradas.
—Mal hecho—dijo el general.
—Mal hecho era su torso, señor.
—Y más sabiendo—dijo la condesa—que...—No acabó la frase al notar que una expresión penosa, como de amargo recuerdo, se había esparcido en la abierta y franca fisonomía de su primo.
—¿Es feliz?—preguntó.
—Cuanto es posible serlo en este mundo—respondió la condesa—. Vive muy retirada, sobre todo desde que se han presentado síntomas de hallarse en estado de buena esperanza, según la expresión alemana de que servía don Federico, expresión harto más sentida, y menos meliflua que la inglesa de estado interesante, a la cual hemos dados carta de connaturalización...
—Con el ridículo espíritu de extranjerismo y de imitación que vive y reina—añadió el general—, y el pésimo gusto que los inspira y dirige. ¿Por qué no ha de decirse clara y castizamente embarazo o preñez, en lugar de esas ridículas y afectadas frases traducidas? Lo mismo hacéis que hacían los franceses en el siglo pasado cuando representaban con polvos y tontillos a las diosas del paganismo.
—¿Y él?—preguntó Arias.
—Cambiado enteramente, desde que se casó y se reconcilió con su cuñado. Este es el que le dirige en todo. Ahora labra por sí sus haciendas, aconsejado por mi marido, con el que pasa semanas enteras en el campo. En fin, es el niño mimado de la familia, donde ha sido recibido como el hijo pródigo.