—He aquí por qué—observó el general—nuestro sensato proverbio dice: «Más vale malo conocido, que bueno por conocer.»

—¿Y Eloísa?—tornó a preguntar Arias.

—Esa es una historia lamentable—dijo la condesa—. Se casó en secreto con un aventurero francés que se decía primo del príncipe de Rohan, colaborador de Dumas, enviado por el barón Taylor para comprar curiosidades artísticas, y que por desgracia se llamaba Abelardo. Ella encontró en su nombre y en el de su amante la indicación de su unión marcada por el destino. En él vio un hombre que era al mismo tiempo literato, artista y de familia de príncipes, y creyó haber encontrado el ser ideal que había visto en sus dorados ensueños. A sus padres, que se oponían a aquella unión, los miraba como tiranos de melodrama, de ideas atrasadas y sumisos en el oscurantismo...

—Y en el españolismo—añadió el general en tono de ironía—. Y la señorita ilustrada, nutrida de novelas y de poesías lloronas, se unió con aquel gran bribón, casado ya dos veces, como después lo supimos. Pasados algunos meses, y después de haber gastado todo el dinero que ella le llevó, la abandonó en Valencia, adonde fue a buscarla su desventurado padre, para traerla deshonrada, ni casada, ni viuda, ni soltera. Ved ahí, sobrinos míos, adónde conduce el extranjerismo exagerado y falso.

—Rafael, tú habrías podido ahorrarle sus desgracias—dijo la condesa.

—¡Yo!—exclamó su primo.

—Sí, tú—continuó Gracia—. Tú sabes muy bien cuánto te estimaba y cuánto precio daba a tu opinión.

—Sí—dijo el general—, porque merecías la de los extranjeros.

—Hablando de otra cosa, ¿qué es de nuestro punto de admiración, el insigne A. Polo de Mármol de los Cementerios?—preguntó Arias.

—Se ha metido a hombre político—respondió Gracia.