—Ya lo sé—dijo Rafael—; ya sé que ha escrito una oda contra el trono bajo el seudónimo de la Tiranía.

—¡Pobre tiranía!—dijo el general—; de árbol caído todos hacen leña: ¡ya recibió la coz del asno!

—Ya sé—prosiguió Rafael—que escribió otro poema contra las preocupaciones, contando entre ellas el presagio fatal que se atribuye al número 13, la infalibilidad del papa, el vuelco de un salero y la fidelidad conyugal.

—¡Vaya, Rafael!—exclamó la condesa riéndose—, que no ha dicho nada de eso.

—Si no son las mismas palabras—dijo Rafael—, tal es poco más o menos el espíritu de aquella obra maestra, la cual será clasificada por la opinión...

—Entre las polillas que están carcomiendo esta sociedad—dijo el general—. ¡Cuando esté destruida veremos con qué la reemplazan!

—Además—prosiguió Rafael—, ya sé que nuestro A. Polo ha compuesto una sátira (se sentía inclinado a este género, y hace mucho tiempo que sintió brotar en su cabeza los cuernos de Marsías), una sátira, digo, contra la hipocresía, en la cual dice que es un rasgo de hipocresía reclamar el pago de la asignación del clero, de los exclaustrados y de las monjas.

—Pues bien, sobrino—dijo el general—, con esas bellas composiciones hizo bastantes méritos para que le recibiesen de colaborador en un periódico de oposición.

—Ya caigo—dijo Rafael—, y adivino lo que sucedió, porque es una farsa que se representa todos los días. Cortó la pluma a guisa de mandíbula asnal y, armado con ella, atacó a los filisteos del poder.

—Lo has acertado como un profeta—dijo el general—. No sé cómo se ha ingeniado; lo cierto es que en el día le tienes hecho un personaje: con dinero, rebosando buen tono y reventando da forte.