—Estoy seguro—dijo Rafael—que va a ponerse otro nombre más, A. Polo de Mármol de Carrara; y que, sin dejar de escribir contra la nobleza y las distinciones, solicita y obtiene algún cargo honorífico de la corte, como, por ejemplo, Caballerizo mayor del Parnaso. Y al duque, ¿le encontraré en Madrid?
—No, pero podrás verle al pasar por Córdoba, donde se halla con toda su familia.
—El duque ha tomado por fin mi consejo—dijo el general—; se ha separado de la vida pública. Todas las personas de importancia deben en estos tiempos retirarse a sus tiendas, como Aquiles.
—Pero tío—dijo Rafael—, ese es el modo de que todo se lo lleva la trampa.
—Dicen—continuó la condesa—que el duque se ha dedicado enteramente a la literatura. Está componiendo algo para el teatro.
—Apuesto a que el título de la pieza será La cabra tira al monte —dijo Rafael en voz baja a la condesa.
Aludía esto a los amores de María con Pepe Vera, que todo el mundo sabía menos aquellos dos hombres, tan parciales de María que nunca pudo ni la nobleza del uno ni la buena fe del otro sospechar algo malo en ella.
—Calla, Rafael—repuso su prima—. Debemos hacer con nuestros amigos lo que hicieron los buenos hijos de Noé con su padre.
—¿Qué dice?—preguntó la marquesa.
—Nada, madre—respondió la condesa—; habla de la pieza sin haberla leído.