—¿Y Marisalada?—pregunto Rafael—, ¿ha subido al Capitolio en un carro de oro puro, tirado por aficionados?
—Ha perdido la voz—respondió la condesa—, de resultas de una pulmonía. ¿Lo ignorabas?
—Tan ajeno estaba de ello—respondió Rafael—, que le traigo magníficas proposiciones de ajuste para el teatro de La Habana. Pero ¿en qué ha venido a parar?
—Ya que no puede cantar—dijo el general—, seguirá probablemente el consejo de la hormiga de la fábula, aprenderá a bailar.
—O lo que es más probable—dijo la condesa—, estará llorando sus faltas y la pérdida de su voz.
—Pero ¿dónde está?—repitió con instancia Rafael.
—No lo sé—respondió la condesa—, y lo siento, porque quisiera ofrecerle consuelos y socorros si los necesita.
—Guárdalos para quien los merezca—dijo el general.
—Todos los desgraciados los merecen, tío—repuso la condesa.
—Bien dicho, hija mía—dijo en tono sentido su madre—. Haz bien y no mires a quién. Haz mal y guardarte has, como dice el refrán.