—Insisto en preguntar dónde se halla—continuó Rafael—, porque le traigo una carta.

—¡Una carta! ¿Y de quién?

—De su marido.

—¿Le has visto?—preguntó con interés la condesa. ¿Pues no decían que estaba en Alemania?

—No es cierto. Se embarcó en el mismo buque que nosotros, para La Habana. ¡Qué mudado estaba, y cuán desgraciado era! ¡Estoy seguro de que no le habríais conocido; pero siempre tan suave, tan condescendiente, tan bueno! Poco tiempo después de nuestra llegada, murió de la fiebre amarilla.

—¿Murió?—exclamaron a un tiempo la marquesa y su hija.

—¡Pobre, pobre Stein!—dijo la condesa.

—Dios le tenga en su gloria!—añadió la madre.

—Sobre la conciencia de la maldita cantatriz va la muerte de ese hombre de bien—dijo el general.

—Yo, que me creo invulnerable—prosiguió Rafael—, aunque no había tenido la epidemia, fui a verle cuando supe que estaba enfermo.