—¡Estoy atónito, Rosita! No puedo creer...
—Mejor para usted si no lo cree—dijo la devota—; pero yo le aseguro que esos inicuos (Dios los perdone), cuando nos ven llegar a la iglesia todas las mañanas a misa de alba, se dicen unos a otros: «Llama a misa, que ahí viene Rosa Mística y Turris Davídica, en amor y compaña como en las letanías.» A usted le han puesto ese mote por ser tan alto y tan derecho.
Don Modesto se quedó con la boca abierta y los ojos fijos en el suelo.
—Sí, señor—continuó Rosa Mística—; la vecina es quien me lo ha dicho, escandalizada, y aconsejándome que vaya a quejarme al señor cura. Yo la he respondido que mejor quiero sufrir y callar. Más padeció nuestro Señor sin quejarse.
—Pues yo—dijo don Modesto—no aguanto que nadie se burle de mí y mucho menos de usted.
—Lo mejor será—continuó Rosa—acreditar con nuestra paciencia que somos buenos cristianos, y con nuestra indiferencia, el poco caso que hacemos de los juicios del mundo. Por otra parte, si castigan a esos irreverentes, lo harían peor; créame usted, don Modesto.
—Tiene usted razón, como siempre, Rosita—dijo don Modesto—. Yo sé lo que son los guasones; si les cortasen las lenguas, hablarían con las narices. Pero si en otro tiempo alguno de mis camaradas se hubiese atrevido a llamarme Turris Davídica, bien hubiera podido añadir: Ora pro nobis. Mas ¿es posible que siendo usted una santa bendita les tenga miedo a los maldicientes?
—Ya sabe usted, don Modesto, lo que vulgarmente dicen los que piensan mal de todo: entre santa y santo, pared de cal y canto.
—Pero entre usted y yo—dijo el comandante—no hay necesidad de poner ni tabique. Yo, con tantos años a cuestas: yo, que en toda mi vida no he estado enamorado más que una vez... y por más señas que lo estuve de una buena moza, con quien me habría casado a no haberla sorprendido en chicoleos con el tambor mayor, que...
—Don Modesto, don Modesto—gritó Rosa poniéndose erguida—. Honre usted su nombre y mi estado y déjese de recuerdos amorosos.