—No ha sido mi intención escandalizar a usted—dijo don Modesto en tono contrito—: basta que usted sepa y yo le jure que jamás ha cabido ni cabrá en mí un mal pensamiento.
—Don Modesto—dijo Rosa Mística con impaciencia (mirándole con un ojo encendido, mientras el otro hacía vanos esfuerzos por imitarlo)—, ¿me cree usted tan simple que pueda pensar que dos personas como usted y yo, sensatas y temerosas de Dios, se conduzcan como los casquivanos, que no tienen pudor ni miedo al pecado? Pero en este mundo no basta obrar bien; es preciso no dar que decir, guardando en todo las apariencias.
—¡Esta es otra!—repuso el comandante—. ¿Qué apariencias puede haber entre nosotros? ¿No sabe usted que el que se excusa se acusa?
—Dígole a usted—respondió la devota—que no faltará quien murmure.
—¿Y qué voy yo a hacer sin usted?—preguntó afligido don Modesto—. ¿Qué será de usted sin mí, sola en este mundo?
—El que da de comer a los pajaritos—dijo solemnemente Rosa—cuidará de los que en él confían.
Don Modesto, desconcertado y no sabiendo dónde dar de cabeza, pasó a ver a su amigo el cura, que lo era también de Rosita, y le contó cuanto pasaba.
El cura hizo patente a Rosita que sus escrúpulos eran exagerados e infundados sus temores; que, por el contrario, la proyectada separación daría lugar a ridículos comentarios.
Siguieron, pues, viviendo juntos como antes, en paz y gracia de Dios. El comandante, siempre bondadoso y servicial; Rosa, siempre cuidadosa, atenta y desinteresada; porque don Modesto no se hallaba en el caso de remunerar pecuniariamente sus servicios, puesto que si la empuñadura de su espada de gala no hubiera sido de plata, bien podría haber olvidado de qué color era aquel metal.