—La noche está en efecto algo rigurosa; pero no pensaba en ello.
—¿Pues en qué pensabais?—le preguntó el español.
—Pensaba en mi padre, en mi madre, en mis hermanos y hermanas.
—¿Por qué viajáis, pues, si tanto sentís esa separación?
—¡Ah!, señor; la necesidad... Ese implacable déspota...
—¿Con que no viajáis por placer?
—Ese placer es para los ricos, y yo soy pobre. ¡Por mi gusto!... ¡Si supierais el motivo de mi viaje, veríais cuán lejos está de ser placentero!
—¿Adónde vais, pues?
—A la guerra, a la guerra civil, la más terrible de todas: a Navarra.
—¡A la guerra!—exclamó el español al considerar el aspecto bondadoso, suave, casi humilde y muy poco belicoso del alemán—. ¿Pues qué, sois militar?