—No, señor, no es esa mi vocación. Ni mi afición ni mis principios me inducirían a tomar las armas, sino para defender la santa causa de la independencia de Alemania, si el extranjero fuese otra vez a invadirla. Voy al ejército de Navarra a procurar colocarme como cirujano.
—¡Y no conocéis la lengua!
—No, señor, pero la aprenderé.
—¿Ni el país?
—Tampoco: jamás he salido de mi pueblo sino para la universidad.
—¿Pero tendréis recomendaciones?
—Ninguna.
—¿Contaréis con algún protector?
—No conozco a nadie en España.
—Pues entonces, ¿qué tenéis?