—Mi ciencia, mi buena voluntad, mi juventud y mi confianza en Dios.
Quedó el español pensativo al oír estas palabras. Al considerar aquel rostro en que se pintaban el candor y la suavidad; aquellos ojos azules, puros como los de un niño; aquella sonrisa triste y al mismo tiempo confiada, se sintió vivamente interesado y casi enternecido.
—¿Queréis—le dijo después de una breve pausa—bajar conmigo, y aceptar un ponche para desechar el frío? Entre tanto, hablaremos.
El alemán se inclinó en señal de gratitud, y siguió al español, el cual bajó al comedor y pidió un ponche.
A la testera de la mesa estaba el gobernador con sus dos acólitos; a un lado había dos franceses. El español y el alemán se sentaron a los pies de la mesa.
—Pero ¿cómo—preguntó el primero—habéis podido concebir la idea de venir a este desventurado país?
El alemán le hizo entonces un fiel relato de su vida. Era el sexto hijo de un profesor de una ciudad pequeña de Sajonia, el cual había gastado cuanto tenía en la educación de sus hijos. Concluida la del que vamos conociendo, hallábase sin ocupación ni empleo, como tantos jóvenes pobres se encuentran en Alemania, después de haber consagrado su juventud a excelentes y profundos estudios, y de haber practicado su arte con los mejores maestros. Su manutención era una carga para su familia; por lo cual, sin desanimarse, con toda su calma germánica, tomó la resolución de venir a España, donde, por desgracia, la sangrienta guerra del Norte le abría esperanzas de que pudieran utilizarse sus servicios.
—Bajo los tilos que hacen sombra a la puerta de mi casa—dijo al terminar su narración—, abracé por última vez a mi buen padre, a mi querida madre, a mi hermana Lotte [2] y a mis hermanitos. Profundamente conmovido y bañado en lágrimas, entré en la vida, que otros encuentran cubierta de flores. Pero, ánimo; el hombre ha nacido para trabajar: el cielo coronará mis esfuerzos. Amo la ciencia que profeso, porque es grande y noble: su objeto es el alivio de nuestros semejantes; y el resultado es bello, aunque la tarea sea penosa.
—¿Y os llamáis...?
—Fritz Stein—respondió el alemán, incorporándose algún tanto sobre su asiento, y haciendo una ligera reverencia.