El tío Pedro meneó tristemente la cabeza.

—¡Qué cabezones son estos catalanes!—dijo la tía María con viveza, y pasando por delante del pescador, se acercó a la enferma y añadió:

—Vamos, Marisalada, vamos, levántate, hija, para que este señor pueda examinarte.

Marisalada no se movió.

—Vamos, criatura—repitió la buena mujer—; verás cómo te va a curar como por ensalmo.

Diciendo estas palabras, cogió por un brazo a la niña, procurando levantarla.

—¡No me da la gana!—dijo la enferma, desprendiéndose de la mano que la retenía, con una fuerte sacudida.

—Tan suavita es la hija como el padre; quien lo hereda no lo hurta—murmuró Momo, que se había asomado a la puerta.

—Como está mala, está impaciente—dijo su padre, tratando de disculparla.

Marisalada tuvo un golpe de tos. El pescador se retorció las manos de angustia.