—Un resfriado—dijo la tía María—; vamos que eso no es cosa del otro jueves. Pero también, tío Pedro de mis pecados, ¿quién consiente en que esa niña, con el frío que hace, ande descalza de pies y piernas por esas rocas y esos ventisqueros?

—¡Quería!—respondió el tío Pedro.

—¿Y por qué no se le dan alimentos sanos, buenos caldos, leche, huevos? Y no que lo que come no son más que mariscos.

—¡No quiere!—respondió con desaliento el padre.

—Morirá de mal mandada—opinó Momo, que se había apoyado cruzado de brazos en el quicio de la puerta.

—¿Quieres meterte la lengua en la faltriquera?—le dijo impaciente su abuela; y volviéndose a Stein—; don Federico, procure usted examinarla sin que tenga que moverse, pues no lo hará aunque la maten.

Stein empezó por preguntar al padre algunos pormenores sobre la enfermedad de su hija; acercándose después a la paciente, que estaba amodorrada, observó que sus pulmones se hallaban oprimidos en la estrecha cavidad que ocupaban, y estaban irritados de resultas de la opresión. El caso era grave. Tenía una gran debilidad por falta de alimentos, tos honda y seca y calentura continua; en fin, estaba en camino de la consunción.

—¿Y todavía le da por cantar?—preguntó la anciana durante el examen.

—Cantará crucificada como los murciégalos—dijo Momo, sacando la cabeza fuera de la puerta para que el viento se llevase sus suaves palabras y no las oyese su abuela.

—Lo primero que hay que hacer—dijo Stein—es impedir que esta niña se exponga a la intemperie.