—¿Lo estás oyendo?—dijo a la niña su angustiado padre.
—Es preciso—continuó Stein—que gaste calzado y ropa de abrigo.
—¡Si no quiere!—exclamó el pescador, levantándose precipitadamente y abriendo un arca de cedro, de la que sacó cantidad de prendas de vestir—. Nada le falta; ¡cuanto tengo y puedo juntar, es para ella! María, hija, ¿te pondrás estas ropas? ¡Hazlo por Dios, Mariquilla!, ya ves que lo manda el médico.
La muchacha, que se había despabilado con el ruido que había hecho su padre, lanzó una mirada díscola a Stein, diciendo con voz áspera:
—¿Quién me gobierna a mí?
—No me dieran a mí más trabajo que ese y una vara de acebuche—murmuró Momo.
—Es preciso—prosiguió Stein—alimentarla bien, y que tome caldos sustanciosos.
La tía María hizo un gesto expresivo de aprobación.
—Debe nutrirse con leche, pollos, huevos frescos y cosas análogas.
—¡Cuando yo le decía a usted—prorrumpió la abuelita encarándose con el tío Pedro—que el señor es el mejor médico del mundo entero!