—Don Federico—preguntó la tía María, cuando quedaron solos con la niña, que permanecía aletargada—, ¿no es verdad que la pondrá usted buena con la ayuda de Dios?

—Así lo espero—contestó Stein—, ¡no puedo expresar a usted cuánto me interesa ese pobre padre!

La tía María hizo un lío de ropa que el pescador había sacado, y este volvió trayendo del diestro la bestia. Entre todos colocaron encima a la enferma, la que, siguiendo amodorrada con la calentura, no opuso resistencia. Antes que la tía María se subiese en Golondrina, que parecía bastante satisfecha de volverse en compañía de Urca (que tal era la gracia de la burra del tío Pedro), este llamó aparte a la tía María, y le dijo dándole unas monedas de oro:

—Esto pude escapar de mi naufragio; tómelo usted y déselo al médico, que cuanto yo tengo es para quien salve la vida de mi hija.

—Guarde usted su dinero—respondió la tía María—y sepa que el doctor ha venido aquí en primer lugar por Dios, y en segundo..., por mí—la tía María dijo estas últimas palabras con un ligero tinte de fatuidad.

Con esto, se pusieron en camino.

—No ha de parar usted, madre abuela—dijo Momo, que caminaba detrás de Golondrina—, hasta llenar de gentes el convento, tan grande como es. Y qué, ¿no es bastante buena la choza para la principesa Gaviota?

—Momo—respondió su abuela—, métete en tus calzones: ¿estás?

—Pero ¿qué tiene usted que ver ni qué le toca esa gaviota montaraz para que asina la tome a su cargo, señora?

—Momo, dice el refrán, «¿quién es tu hermana?, la vecina más cercana»; y otro añade: «al hijo del vecino quitarle el moco y meterlo en casa», y la sentencia reza: «al prójimo como a ti mismo».