—Otro hay que dice, al prójimo contra una esquina—repuso Momo—. ¡Pero nada!, usted se ha encalabrinado en ganarle la palmeta a San Juan de Dios.
—No serás tú el ángel que me ayude—dijo con tristeza la tía María.
Dolores recibió a la enferma con los brazos abiertos, celebrando como muy acertada la determinación de su suegra.
Pedro Santaló, que había llevado a su hija, antes de volverse, llamó aparte a la caritativa enfermera y, poniéndole las monedas de oro en la mano, le dijo:
—Esto es para costear la asistencia y para que nada le falte. En cuanto a la caridad de usted, tía María, Dios será el premio.
La buena anciana vaciló un instante, tomó el dinero y dijo:
—Bien está; nada le faltará; vaya usted descuidado, tío Pedro, que su hija queda en buenas manos.
El pobre padre salió aceleradamente y no se detuvo hasta llegar a la playa. Allí se paró, volvió la cara hacia el convento y se echó a llorar amargamente.
Entre tanto, la tía María decía a Momo:
—Menéate, ves al lugar y tráeme un jamón de en casa del Serrano, que me hará el favor de dártelo añejo, en sabiendo que es para un enfermo; tráete una libra de azúcar y una cuarta de almendras.