—¡Eche usted y no se derrame!—exclamó Momo—, y eso, ¿piensa usted que me lo den fiado, o por mi buena cara?

—Aquí tienes con que pagar—repuso la abuela, poniéndole en la mano una moneda de oro de cuatro duros.

—¡Oro!—exclamó estupefacto Momo, que por primera vez en su vida veía ese metal acuñado—. ¿De dónde demonios ha sacado usted esa moneda?

—¿Qué te importa?—repuso la tía María—; no te metas en camisa de once varas. Corre, vuela, ¿estás de vuelta?

—¡Pues sólo faltaba—repuso Momo—el que sirviese yo de criado a esa pilla de playa, a esa condenada Gaviota! No voy, ni por los catalanes.

—Muchacho, ponte en camino, y liberal.[13]

—Que no voy ni hecho trizas—recalcó Momo.

—José—dijo la tía María al ver salir al pastor—, ¿vas al lugar?

—Sí, señora, ¿qué me tiene usted que mandar?

Hízole la buena mujer sus encargos y añadió: