—¿No es verdad, don Federico, que parece una sentencia del Evangelio?
—Si no son las mismas palabras—respondió Stein—, el espíritu es el mismo.
—Pero es que Paca tiene siempre las lágrimas pegadas a los ojos—dijo Momo.
—¿Acaso es malo llorar?—preguntó la niña a su abuela.
—No, hija, al contrario; con lágrimas de compasión y de arrepentimiento, hace su diadema la Reina de los ángeles.
—Momo—dijo el pastor—, si dices una palabra más que pueda incomodar a mi ahijada, te retuerzo el pescuezo, como hizo el cocinero con Medio—pollito.
—Mira si es bueno tener padrino—dijo Momo dirigiéndose a Paca.
—No es malo tampoco tener una ahijada—repuso Paca muy oronda.
—¿De veras?—preguntó el pastor—. ¿Y por qué lo dices?
Entonces Paca se acercó a su padrino, el cual la sentó en sus rodillas con grandes muestras de cariño, y ella empezó la siguiente relación, torciendo su cabecita para mirarle.