Al oír esto, los ojos de Paca se llenaron de lágrimas.

—Cuando el cocinero le vio en tal estado—continuó la abuela—, le agarró por la pata y le tiró por la ventana. Entonces el viento se apoderó de él.

«Viento—gritó Medio—pollito—, mi querido, mi venerable viento, tú, que reinas sobre todo y a nadie obedeces, poderoso entre los poderosos, ten compasión de mí, déjame tranquilo en ese montón de estiércol.»

«¡Dejarte!—rugió el viento arrebatándole en un torbellino y volteándole en el aire como un trompo—; no en mis días.»

Las lágrimas que se asomaron a los ojos de Paca, corrían ya por sus mejillas.

—El viento—siguió la abuela—depositó a Medio—pollito en lo alto de un campanario. San Pedro extendió la mano y lo clavó allí de firme. Desde entonces ocupa aquel puesto, negro, flaco y desplumado, azotado por la lluvia y empujado por el viento, del que guarda siempre la cola. Ya no se llama Medio—pollito, sino veleta; pero sépanse ustedes que allí está pagando sus culpas y pecados; su desobediencia, su orgullo y su maldad.

—Madre abuela—dijo Pepa—, vea usted a Paca que está llorando por Medio—pollito. ¿No es verdad que todo lo que usted nos ha contado no es mas que un cuento?

—Por supuesto—saltó Momo—que nada de esto es verdad; pero aunque lo fuera, ¿no es una tontería llorar por un bribón que llevó el castigo merecido?

—Cuando yo estuve en Cádiz hace treinta años—contestó la tía María—, vi una cosa que se me ha quedado bien impresa. Voy a referírtela, Momo, y quiera Dios que no se te borre de la memoria, como no se ha borrado de la mía. Era un letrero dorado, que está sobre la puerta de la cárcel, y dice así:

odia el delito y compadece al delincuente.