«Medio—pollito llegó a la capital; pasó por delante de una iglesia, que le dijeron era la de San Pedro; se puso enfrente de la puerta y allí se desgañitó cantando, no más que por hacer rabiar al santo y tener el gusto de desobedecer a su madre.
»Al acercarse a palacio, donde quiso entrar para ver al rey y a la reina, los centinelas le gritaron: «¡Atrás!» Entonces dio la vuelta y penetró por una puerta trasera en una pieza muy grande, donde vio entrar y salir mucha gente. Preguntó quiénes eran y supo que eran los cocineros de su majestad. En lugar de huir, como se lo había prevenido su madre, entró muy erguido de cresta y cola; pero uno de los galopines le echó el guante y le torció el pescuezo en un abrir y cerrar de ojos.
«Vamos—dijo—, venga agua para desplumar a este penitente.»
«¡Agua, mi querida doña Cristalina!—dijo el pollito—, hazme el favor de no escaldarme. ¡Ten piedad de mí!»
«¿La tuviste tú de mí, cuando te pedí socorro, mal engendro?», le respondió el agua, hirviendo de cólera; y le inundó de arriba abajo, mientras los galopines le dejaban sin una pluma para un remedio.
Paca, que estaba arrodillada junto a su abuela, se puso colorada y muy triste.
—El cocinero entonces—continuó la tía María—, agarró a Medio—pollito y le puso en el asador.
«¡Fuego, brillante fuego!—gritó el infeliz—, tú, que eres tan poderoso y tan resplandeciente, duélete de mi situación; reprime tu ardor, apaga tus llamas, no me quemes.»
«¡Bribonazo!—respondió el fuego—; ¿cómo tienes valor para acudir a mí, después de haberme ahogado, bajo el pretexto de no necesitar nunca de mis auxilios? Acércate y verás lo que es bueno.»
—Y en efecto, no se contentó con dorarle, sino que le abrasó hasta ponerle como un carbón.