—Hermano Gabriel—dijo la tía María, dirigiéndose a este—, ¿no me ha dicho usted que le duelen los ojos? ¿A qué trabaja usted de noche?

—Me dolían—contestó fray Gabriel—; pero don Federico me ha dado un remedio que me ha curado.

—Bien puede don Federico saber muchos remedios para los ojos, pero no sabe su merced el que no marra—dijo el pastor.

—Si usted lo sabe, le agradecería que me lo comunicase—le dijo Stein.

—No puedo decirlo—repuso el pastor—, porque aunque sé que lo hay, no lo conozco.

—¿Quién lo conoce, pues?—preguntó Stein.

—Las golondrinas—contestó el pastor.[15]

—¿Las golondrinas?

—Pues sí, señor—prosiguió el pastor—; es una hierba que se llama pito-real, pero que nadie ve ni conoce sino las golondrinas: si se le sacan los ojos a sus polluelos, van y se los restriegan con un pito-real, y vuelven a recobrar la vista. Esta yerba tiene también la virtud de quebrar el hierro, no más que con tocarla; y así cuando a los segadores o a los podadores se les rompe la herramienta en las manos sin poder atinar por qué, es porque tocaron al pito-real. Pero por más que la han buscado, nadie la ha visto; y es una providencia de Dios que así sea, pues si toparan con ella, poca tracamundana se armaría en el mundo, puesto que no quedarían a vida ni cerraduras, ni cerrojos, ni cadenas, ni aldabas.

—¡Las cosazas que se engulle José, que tiene unas tragaderas como un tiburón!—dijo riéndose Manuel. Don Federico, ¿sabe usted otra que dice y que se cree como artículo de fe?, que las culebras no se mueren nunca.