—Pues ya se ve que las culebras no se mueren nunca—repuso el pastor—. Cuando ven que la muerte se les acerca, sueltan el pellejo y arrancan a correr. Con los años se hacen serpientes; entonces, poco a poco, van criando escamas y alas, hasta que se hacen dragones y se vuelan al desierto. Pero tú, Manuel, nada quieres creer: ¿si querrás negar también que el lagarto es enemigo de la mujer y amigo del hombre? Si no lo quieres creer, pregúntaselo a tío Miguel.

—¿Ese lo sabe?

—¡Toma!, por lo que a él mismo le pasó.

—¿Y qué fue?—preguntó Stein.

—Estando durmiendo en el campo—contestó José—, se le vino acercando una culebra; pero apenas la vio venir un lagarto, que estaba en el vallado, salió a defender al tío Miguel y empezaron a pelearse la culebra y el lagarto, que era tamaño y tan grande. Pero como el tío Miguel, ni por esas despertaba, el lagarto le metió la punta del rabo por las narices. Con eso despertó el tío Miguel y echó a correr como si tuviese chispas en los pies. El lagarto es un bicho bueno y bien inclinado; nunca se recoge a puestas de sol sin bajarse por las paredes y venir a besar la tierra.

Cuando había empezado esta conversación tratando de las golondrinas, Paca había dicho a Anís, que sentado en el suelo entre sus hermanas con las piernas cruzadas parecía el Gran Turco en miniatura.

Anís, ¿sabes tú lo que dicen las golondrinas?

—Yo no; no me jan jablao.

—Pues atiende: dicen—remedando la niña el gorgeo de las golondrinas, se puso a decir con celeridad:

Comer y beber:
suscar emprestado,
su si te quieen prender
¡Por no haber pagado,
Huir, huir, huir, huiiiir,
Comadre Beatriiiiz.[16]