—¿Y para qué—dijo la buena anciana—escatimar tanto la fe, que al fin es la primera de las virtudes? ¿Qué te parecería, hijo de mis entrañas, si yo te dijese: te parí, te crié, te puse en camino; cumplí pues, con mi obligación?, ¿si sólo como obligación mirase al amor de madre?
—Que no era usted buena madre, señora.
—Pues hijo, aplica esto a lo otro; el que no cree, sino por obligación, y sólo aquello que no puede dejar de creer, sin ser renegado, es mal cristiano: como sería yo mala madre si sólo te quisiese por obligación.
—Hermano Gabriel—dijo Dolores—, ¿cómo es que no quiere usted probar mis batatas?
—Es día de ayuno para nosotros—respondió fray Gabriel.
—¡Qué!, ya no hay conventos, reglas ni ayunos—dijo campechanamente Manuel, para animar al pobre anciano a que participase del regalo general—. Además, usted ha cumplido cuanto ha los sesenta años; con que así, fuera escrúpulos y a comer las batatas, que no se ha de condenar usted por eso.
—Usted me ha de perdonar—repuso fray Gabriel—; pero yo no dejo de ayunar, como antes, mientras no me lo dispense el padre prior.
—Bien hecho, hermano Gabriel—dijo la tía María—. Manuel, no te metas a diablo tentador, con su espíritu de rebeldía y sus incitativos a la gula.
Con esto, la buena anciana se levantó y guardó en una alacena el plato que Dolores había servido al lego, diciéndole:
—Aquí se lo guardo a usted para mañana, hermano Gabriel.