—¿No sabe usted—respondió esta riendo—el refrán «el que tiene hijos al lado, no morirá ahitado»? Don Federico, lo que ellos comen, me engorda a mí.
Momo, que estaba al lado de este grupo, retiraba su plato, para que no cayesen sus hermanos en tentación de pedirle de lo que contenía.
Su padre que lo notó, le dijo:
—No seas ansioso, que es vicio de ruines; ni avariento, que es vicio de villanos. Sabrás que una vez se cayó un avariento en un río. Un paisano que vio se le llevaba la corriente, alargó el brazo y le gritó: «Deme la mano.» ¡Qué había de dar!, ¡dar!, antes de dar nada, dejó que se le llevase la corriente. Fue su suerte que le arrastró el agua cerca de un pescador, que le dijo: «Hombre, tome usted esta mano.» Conforme se trató de tomar, estuvo mi hombre muy pronto, y se salvó.
—No es ese chascarrillo el que debías contar a tu hijo, Manuel—dijo la tía María—, sino ponerle por ejemplo lo que acaeció a aquel rico miserable que no quiso socorrer a un pobre desfallecido, ni con un pedazo de pan, ni con un trago de agua. «Permita Dios—le dijo el pobre que todo cuanto toquéis, se convierta en ese oro y esa plata a que tanto apegado estáis.» Y así fue. Todo cuando en la casa del avaro había, se convirtió en aquellos metales tan duros como su corazón. Atormentado por el hambre y la sed, salió al campo, y habiendo visto una fuente de agua cristalina, se arrojó con ansia a ella; pero al tocarla con los labios, el agua se cuajó y convirtió en plata. Fue a tomar una naranja del árbol, y al tocarla se convirtió en oro; y así murió rabiando y maldiciendo aquello mismo por lo que ansiado había.
Manuel, el espíritu fuerte de aquel círculo, meneó la cabeza.
—¡Lo ve usted, tía María—dijo José—; Manuel no lo quiere creer! Tampoco cree que el día de la Asunción, en el momento de alzar en la misa mayor, todas las hojas de los árboles se unen de dos en dos para formar una cruz; las altas se doblan, las bajas se empinan, sin que ni una sola deje de hacerlo. Ni cree que el diez de agosto, día del martirio de San Lorenzo, que fue quemado en unas parrillas, en cavando la tierra, se halla carbón por todas partes.
—Cuando llegue ese día—dijo Manuel—, he de cavar un hoyo delante de ti, José, y veremos si te convenzo de que no hay tal.
—¿Y qué pica en Flandes habrás puesto, si no hallas carbón?—le dijo su madre—. ¿Acaso crees que lo hallarás si lo buscas sin creerlo? Pero Manuel, tú te has figurado que todo lo que no sea artículo de fe, no se ha de creer, y que la credulidad es cosa de bobos; cuando no es, hijo mío, sino cosa de sanos.
—Pero madre—repuso Manuel—, entre correr y estar parado, hay un medio.