Tiene, además, el pueblo canciones muy lindas y expresivas, cuya tonada es compuesta expresamente para las palabras, lo que no sucede con las arriba mencionadas, a las que se adaptan esa innumerable cantidad de coplas, de que cada cual tiene un rico repertorio en la memoria.

María cantaba una de aquellas canciones, que transcribiremos aquí con toda su sencillez y energía popular.

Estando un caballerito
En la isla de León,
se enamoró de una dama
y ella le correspondió.
Que con el aretín, que con el aretón.
—Señor, quédese una noche,
quédese una noche o dos,
que mi marido está fuera por esos montes de Dios.
Que con el aretín, que con el aretón.
Estándola enamorando,
el marido que llegó:
—Ábreme la puerta, cielo,
ábreme la puerta, sol.
Que con el aretín, que con el aretón.
Ha bajado la escalera
quebradita de color.
—¿Has tenido calentura?
¿O has tenido nuevo amor?
Que con el aretín, que con el aretón.
—Ni he tenido calentura
ni he tenido nuevo amor.
Me se ha perdido la llave
de tu rico tocador.
Que con el aretín, que con el aretón.
—Si las tuyas son de acero,
de oro las tengo yo.
¿De quién es aquel caballo
que en la cuadra relinchó?
Que con el aretín, que con el aretón.
—Tuyo, tuyo, dueño mío,
que mi padre lo mandó,
porque vayas a la boda
de mi hermana la mayor.
Que con el aretín, que con el aretón.
—Viva tu padre mil años,
que caballos tengo yo.
¿De quién es aquel trabuco que en aquel clavo colgó?
Que con el aretín, que con el aretón.
—Tuyo, tuyo, dueño mío,
que mi padre lo mandó,
para llevarte a la boda
de mi hermana la mayor.
Que con el aretín, que con el aretón.
—Viva tu padre mil años,
que trabucos tengo yo.
¿Quién ha sido el atrevido
que en mi casa se acostó?
Que con el aretín, que con el aretón.
—Es una hermanita mía,
que mi padre la mandó
para llevarme a la boda
de mi hermana la mayor.
Que con el aretín, que con el aretón.
La ha agarrado de la mano,
al padre se la llevó:
toma allá, padre, tu hija,
que me ha jugado traición.
Que con el aretín, que con el aretón.
—Llévatela tú, mi yerno,
que la iglesia te la dio;
la ha agarrado de la mano,
al campo se la llevó.
Que con el aretín, que con el aretón.
Le tiró tres puñaladas
y allí muerta la dejó,
la dama murió a la una,
y el galán murió a las dos.
Que con el aretín, que con el aretón.[17]

Apenas hubo acabado de cantar, Stein, que tenía un excelente oído, tomó la flauta y repitió nota por nota la canción de Marisalada. Entonces fue cuando esta a su vez quedó pasmada y absorta, volviendo a todas partes la cabeza, como si buscase el sitio en que reverberaba aquel eco, tan exacto y tan fiel.

—No es eco—clamaron las niñas—; es don Federico que está soplando en una caña agujereada.

María entró precipitadamente en el cuarto en que se hallaba Stein y se puso a escucharle con la mayor atención, inclinando el cuerpo hacia adelante, con la sonrisa en los labios, y el alma en los ojos.

Desde aquel instante, la tosca aspereza de María se convirtió, con respecto a Stein, en cierta confianza y docilidad, que causó la mayor extrañeza a toda la familia. Llena de gozo la tía María aconsejó a Stein que se aprovechase del ascendiente que iba tomando con la muchacha, para inducirla a que se enseñase a emplear bien su tiempo aprendiendo la ley de Dios, y a trabajar, para hacerse buena cristiana, y mujer de razón, nacida para ser madre de familia y mujer de su casa. Añadió la buena anciana, que para conseguir el fin deseado, así como para domeñar el genio soberbio de María y sus hábitos bravíos, lo mejor sería suplicar a señá Rosita, la maestra de amiga, que la tomase a su cargo, puesto que era dicha maestra mujer de razón y temerosa de Dios y muy diestra en labores de mano.

Stein aprobó mucho la propuesta y alcanzó de Marisalada que se prestase a ponerla en ejecución, prometiéndole en cambio ir a verla todos los días y divertirla con la flauta.

Las disposiciones que aquella criatura tenía para la música, despertaron en ella una afición extraordinaria a su cultivo, y la habilidad de Stein fue la que le dio el primer impulso.

Cuando llegó a noticia de Momo que Marisalada iba a ponerse bajo la tutela de Rosa Mística, para aprender allí a coser, barrer y guisar, y sobre todo, como él decía, a tener juicio, y que el doctor era quien la había decidido a este paso, dijo que ya caía en cuenta de lo que don Federico le había contado de allá en su tierra, que había ciertos hombres, detrás de los cuales echaban a correr todas las ratas del pueblo, cuando se ponían a tocar un pito.