—Ven, María—prosiguió Stein—, ven a escribir y a leer los versos que traduje ayer. ¿No te gustaron?

—No me acuerdo de ellos—respondió María—; ¿eran aquellos del país donde florecen los naranjos? Esos no pegan aquí, donde se han secado por no bastar a su riego las lágrimas de fray Gabriel. Déjese usted de versos, don Federico, y tóqueme usted el Nocturno de Weber cuyas palabras son: «¡Escucha, escucha, amada mía! ¡Se oye el canto del ruiseñor; en cada rama, florece una flor; antes que aquel calle y estas se ajen, escucha, escucha, amada mía!»

—¡Los terminachos que ha aprendido esa Gaviota!—murmuraba Momo—, y que le sientan como confites a un ajo molinero.

—Después que leas, tocaré la serenata de Carl de Weber—dijo Stein, que sólo a favor de esta recompensa podía obligar a María a aprender lo que quería enseñarle. María tomó con mal gesto el papel que le presentaba Stein, y leyó corrientemente, aunque de mala gana:

AL RETIRO

(Traducido del poeta alemán Salis.)

En la suave sombra del retiro hallé la paz, la paz que a un mismo tiempo nos ablanda y fortalece, y que mira tranquila los golpes de la suerte como el santo mira los sepulcros.

¡Dulce olvido de la marcha del tiempo, suave alejamiento de los hombres, que llevas a amarlos más que su trato!, tú sacas blandamente de la herida el dardo que en el alma clavó la injusticia.

Aquel que tolera y aprecia, aquel que exige mucho de sí mismo y poco de los demás, para este brotan las más suaves hojas del olivo, con las que coronará la moderación su frente.

En cuanto a mí, corono a mis Penates con loto,[18] y los cuidados por el porvenir no se acercan a mis umbrales, pues el hombre cuerdo concreta su felicidad a un estrecho círculo.