—María—dijo Stein cuando esta hubo acabado la lectura—, tú, que no conoces al mundo, no puedes graduar cuánta y qué profunda verdad hay en estos versos y cuánta filosofía. ¿Te acuerdas que te expliqué lo que era filosofía?

—Sí, señor—respondió María—, la ciencia de ser feliz. Pero en eso, señor, no hay reglas ni ciencia que valga; cada cual entiende el modo de serlo a su manera. Don Modesto, en que le pongan cañones a su fuerte, tan ruinoso como él. Fray Gabriel, en que le vuelvan su convento, su prior y sus campanas; tía María, en que usted no se vaya; mi padre en coger una corbina, y Momo, en hacer todo el mal que pueda.

Stein se echó a reír, y poniendo cariñosamente su mano sobre el hombro de María:

—¿Y tú—le dijo—en qué la haces consistir?

María vaciló un momento sobre lo que había de contestar, levantó sus grandes ojos, miró a Stein, los volvió a bajar, miró de soslayo a Momo, se sonrió en sus adentros al verle las orejas más coloradas que un tomate y contestó al fin.

—¿Y usted, don Federico, en qué la haría consistir?, ¿en irse a su tierra?

—No—respondió Stein.

—¿Pues en qué?—prosiguió preguntando María.

—Yo te lo diré, ruiseñor mío—respondió Stein—; pero antes dime tú en qué harías consistir la tuya.

—En oír siempre tocar a usted—respondió María con sinceridad.