En este momento, salió la tía María de la cocina con la buena intención de meter el palo en candela; sucediéndole lo que a muchos, que por un exceso de celo entorpecen las mismas cosas que desean.
—¿No ve usted, don Federico—le dijo—, qué guapa moza está Marisalada y qué corpachón ha echado?
Momo, al oír a su abuela, murmuró guillotinando una sardina:
—¡Idéntica a la caña de pescar de su padre!, con unas piernas y brazos que le dan el garbo de un cigarrón, tan alta y tan seca, que haría buena tranca para mi puerta, ¡jui!
—Anda, desaborido, rechoncho, que pareces una col sin troncho—repuso la Gaviota a media voz.
—Sí, sí—respondió Stein a la tía María—; es bella, sus ojos son el tipo de los tan nombrados de los árabes.
—Parecen dos erizos y cada mirada una púa—gruñó Momo.
—¿Y esta boca tan hermosa que canta como un serafín?—prosiguió la tía María, tomando la cara a su protegida.
—¡Vea usted!—dijo Momo—, una boca como una espuerta, que echa fuera sapos y culebras.
—¿Y tu jeta?—dijo María con una rabia, que esta vez no pudo contener—, ¿y tu jeta espantosa, que no ha llegado de oreja a oreja, porque tu cara es tan ancha que se cansó a medio camino?