Momo, en respuesta, cantó en tres tonos diferentes.
—¡Gaviota! ¡Gaviota! ¡Gaviota!
—¡Romo! ¡Romo! ¡Romo!, chato, nariz de rabadilla de pato—cantó María con su magnífica voz.
—¿Es posible, Mariquita—le dijo Stein—, que hagas caso de lo que dice Momo sólo por molerte? Son sus bromas tontas y groseras, pero sin malicia.
—Alguna de la que a él le sobra, le hace falta a usted, don Federico—respondió María—. Y para que usted lo sepa, no me da la gana de aguantar a ese zopenco, más rudo que un canto, más bronco que un escambrón y más áspero que un cuero sin curtir. Así, me voy.
Diciendo esto, se salió la Gaviota y Stein la siguió.
—Eres un desvergonzado—dijo la tía María a su nieto—; tienes más hiel en tu corazón, que buena sangre en tus venas: ¡a las faldas se las respeta, ganso! Pero en todo el lugar hay otro más díscolo ni más desamoretado que tú.
—¡Como está usted hecha a la finura de esa pilla de playa—respondió Momo—, que me ha puesto las orejas como usted las ve, le parecen a usted los demás bastos! El demonio que acierte de qué hechizo se ha valido esa agua-mala[19] para cortarle a usted y a don Federico el ombligo. ¡Mire usted una gaviota leía y escribía!... ¿Quién ha visto eso? Así es que esa gran jaragana, que no se cuida de otra cosa en todo el día, sino de hacer gorgoritos como el agua al fuego, ni le guisa la comida a su padre, que tiene que guisársela él mismo, ni le cuida la ropa; de manera que tiene usted que cuidársela. Pero su padre, don Federico, y usted no saben dónde ponerla, y querían que Su Santidad la santificara. ¡Ella dará el pago!, ¡ella dará el pago!, y si no, ¡al tiempo! Cría cuervos...
Stein había alcanzado a Marisalada y le decía:
—¿De qué sirve, Mariquita, cuanto he procurado ilustrar tu entendimiento, si no has llegado siquiera a adquirir la poca superioridad necesaria para sobreponerte a necedades sin valor ni importancia?