—Oiga usted, don Federico—contestó María—, yo entiendo que la superioridad me ha de valer para que por ella me tengan en más, y no en menos.

—Válgame Dios, María, ¿es posible que así trueques los frenos? La superioridad enseña cabalmente a no engreírse con lauros y a no rebelarse contra injusticias. Pero esas son—añadió riéndose—cosas de tu edad casi infantil y de tu efervescente sangre meridional. Tú habrás aprendido, cuando tengas canas como yo, el poco valor de esas cosas. ¿Has notado que tengo canas, María?

—Sí—respondió esta.

—Pues mira, bien joven soy; pero el sufrir madura pronto la cabeza. Mi corazón ha quedado joven, María; y te ofrecería flores de primavera si no temiese te asustasen las tristes señales de invierno que ciñen mi frente.

—Verdad es—respondió María (que no pudo contener su natural impulso)—que un novio con canas, no pega.

—¡Bien lo pensé así!—dijo Stein con tristeza—; mi corazón es leal y la tía María se engañó cuando al asegurarme posible la felicidad, hizo nacer en él esperanzas, como nace la flor del aire, sin raíces y sólo al soplo de la brisa.

María, que echó de ver que había rechazado con su aspereza a un alma demasiado delicada para insistir y a un hombre bastante modesto para persuadirse de que aquella sola objeción bastaba para anular sus demás ventajas, dijo precipitadamente:

—Si un novio con canas no pega, un marido con canas no asusta.

Stein quedó sumamente sorprendido de esta brusca salida, y aún más, de la decisión e impasibilidad con que se hacía. Luego, se sonrió y la dijo:

—¿Te casarías, pues, conmigo, bella hija de la naturaleza?