—¿Por qué no?—respondió la Gaviota.
—María—dijo conmovido Stein—, la que admite a un hombre para marido y se aviene a unirse a él para toda la vida, o mejor dicho, a hacer de dos vidas una, como en una antorcha dos pábilos forman una misma llama, le favorece más, que la que le acoge por amante.
—¿Y para qué sirven—dijo María con mezcla de inocencia y de indiferencia—los peladeros de pava en la reja?, ¿a qué sirven los guitarreos, si tocan y cantan mal, sino para ahuyentar los gatos?
Habían llegado a la playa y Stein suplicó a María se sentase a su lado, sobre unas rocas. Callaron largo rato: Stein estaba profundamente conmovido; María, aburrida, había tomado una varita y dibujaba con ella figuras en la arena.
—¡Cómo habla la naturaleza al corazón del hombre!—dijo al fin Stein—; ¡qué simpatía une a todo lo que Dios ha creado! Una vida pura es como un día sereno; una vida de pasiones desenfrenadas es como un día de tormenta. Mira esas nubes, que llegan lentas y oscuras, a interponerse entre el sol y la tierra: son como el deber, que se interpone entre el corazón y un amor ilícito, dejando caer sobre el primero sus frías pero claras y puras emanaciones. ¡Dichoso el terreno sobre el que no resbalan! Pero nuestra felicidad será inalterable como el cielo de mayo, porque tú me querrás siempre, ¿no es verdad, María?
María, en cuya alma tosca y áspera no experimentaba la poesía ni hacia los sentimientos ascéticos de Stein, no tenía ganas de responder; pero como tampoco podía dejar de hacerlo, escribió en la arena con la varita, con que distraía su ocio, la palabra «¡Siempre!»
Stein tomó el fastidio por modestia y prosiguió conmovido:
—Mira la mar: ¿oyes cómo murmuran sus olas con una voz tan llena de encanto y de terror? Parecen murmurar graves secretos en una lengua desconocida. Las olas son, María, aquellas sirenas seductoras y terribles, en cuya creación fantástica las personificó la florida imaginación de los griegos: seres bellos y sin corazón, tan seductores como terribles, que atraían al hombre con tan dulces voces para perderle. Pero tú, María, no atraes con tu dulce voz, para pagar con ingratitud; no: tú serás la sirena en la atracción, pero no en la perfidia. ¿No es verdad, María, que nunca serás ingrata?
«¡Nunca!», escribió María en la arena; y las olas se divertían en borrar las palabras que escribía María, como para parodiar el poder de los días, olas del tiempo, que van borrando en el corazón, cual ellas en la arena, lo que se asegura tener grabado en él para siempre.
—¿Por qué no me respondes con tu dulce voz?—dijo Stein a María.