—¿Viaja de incógnito?
—No, señor: con su nombre y apellido.
—¿Y se llama?...
—Don Carlos de la Cerda
—¡Ilustre nombre, por cierto!—exclamó el pintor.
—El mío es Pedro de Guzmán—dijo el criado—, y soy muy servidor de ustedes.
Con lo cual, les hizo una cortesía y se retiró.
—El Gil Blas tiene razón—dijo el francés—. En España no hay cosa más común que apellidos gloriosos: es verdad que en París mi zapatero se llamaba Martel, mi sastre Roland y mi lavandera madame Bayard. En Escocia hay más Estuardos que piedras. ¡Hemos quedado frescos! El tunante del criado se ha burlado de nosotros. Pero bien considerado, yo sospecho que es un agente de la facción; un empleado oscuro de don Carlos.
—No, por cierto—exclamó el artista—. Es mi Alonso Pérez de Guzmán, el Bueno: el héroe de mis sueños.
El otro francés se encogió de hombros.