Momo, que no era hombre que se quedase atrás, en tratándose de insolencias y denuestos, replicó con coraje:
—Anda, anda, a que te echen la bendición; que será la primera que te hayan echado en tu vida, y que estoy para mí que será la última.
Celebróse la boda en el pueblo, en la casa de la tía María, por ser demasiado pequeña la choza del pescador para contener tanta concurrencia. Stein, que había hecho algunos ahorros en el ejercicio de su profesión (aunque hacía de balde la mayor parte de las curas), quiso celebrar la fiesta en grande, y que hubiese diversión para todo el mundo; por consiguiente, se llegaron a reunir hasta tres guitarras, y hubo abundancia de vino, mistela, bizcochos y tortas. Los concurrentes cantaron, bailaron, bebieron, gritaron; y no faltaron los chistes y agudezas propias del país.
La tía María iba, venía, servía las bebidas, sostenía el papel de madrina de la boda, y no cesaba de repetir:
—Estoy tan contenta, como si fuera yo la novia.
A lo que fray Gabriel añadía indefectiblemente:
—Estoy tan contento, como si fuera yo el novio.
—Madre—le dijo Manuel, viéndola pasar a su lado—, muy alegre es el color de ese vestido para una viuda.
—Cállate, mala lengua—respondió su madre. Todo debe ser alegre en un día como hoy; además, que a caballo regalado no se le mira el diente. Hermano Gabriel, vaya esta copa de mistela, y esta torta. Eche usted un brindis a la salud de los novios, antes de volver al convento.
—Brindo a la salud de los novios antes de volver al convento—dijo fray Gabriel.