Y después de apurada la copa, se escurrió, sin que nadie, excepto la tía María, hubiese echado de ver su presencia ni notado su ausencia.
La reunión se animaba por grados.
—¡Bomba!—gritó el sacristán, que era bajito, encogido y cojo.
Calló todo el mundo al anuncio del brindis de aquel personaje.
—¡Brindo—dijo—a la salud de los recién casados, a la de toda la honrada compañía y por el descanso de las ánimas benditas!
—¡Bravo!, bebamos, y viva la Mancha, que da vino en lugar de agua.
—A ti te toca, Ramón Pérez; echa una copla, y no guardes tu voz para mejor ocasión.
Ramón cantó:
Para bien a la novia
le rindo y traigo.
Pero al novio no puedo,
sino envidiarlo.
—¡Bien, salero!—gritaron todos—. Ahora el fandango, y a bailar.