Al oír el preludio del baile eminentemente nacional, un hombre y una mujer se pusieron simultáneamente en pie, colocándose uno enfrente de otro. Sus graciosos movimientos se ejecutaban casi sin mudar de sitio, con un elegante balanceo de cuerpo, y marcando el compás con el alegre repiqueteo de las castañuelas. Al cabo de un rato, los dos bailarines cedían sus puestos a otros dos, que se les ponían delante, retirándose los dos primeros. Esta operación se repetía muchas veces, según la costumbre del país.

Entre tanto, el guitarrista cantaba:

Por el sí que dio la niña
a la entrada de la iglesia,
por el sí que dio la niña,
entró libre, y salió presa.

—¡Bomba!—gritó de pronto uno de los que la echaban de graciosos—. Brindo por ese cúralo-todo que Dios nos ha enviado a esta tierra, para que todos vivamos más años que Matusalén; con condición de que, cuando llegue el caso, no trate de prolongar la vida de mi mujer, y mi purgatorio.

Esta ocurrencia ocasionó una explosión de vivas y palmadas.

—¿Y qué dices tú a todo esto, Manuel?—le gritaron todos.

—Lo que yo digo—repuso Manuel—es que no digo nada.

—Esa no pasa. Si has de estar callado, vete a la iglesia. Echa un brindis y espabílate.

Manuel tomó un vaso de mistela, y dijo:

—Brindo por los novios, por los amigos, por nuestro comandante y por la resurrección de San Cristóbal.