SECCIÓN QUINTA.
Compositores.
CAPÍTULO XIX.
Dedicada esta sección a la reseña de los compositores nativos y obras que han producido, con ligeros comentarios propios a cada uno, parécenos oportuno dar ligeras noticias sobre el origen de la composición, que tal vez puedan ser útiles a muchos de los que nos honran leyendo estas humildes páginas.
Decimos al empezar las anotaciones históricas del primer capítulo, que el arte musical, tal como ha llegado hasta nosotros, tiene su origen en la iglesia católica; pero es necesario indicar que el sistema musical de la era cristiana procede, en la forma melódica, de la música griega, traspasada a Roma, aunque ya en decadencia, cuando la gran nación helénica, cuna de la civilización, fué convertida en provincia romana.
La melodía y el ritmo, que son los elementos constitutivos de la música, sin los cuales la armonía no podría existir, formaban la base del sistema musical griego, cuyo estudio era considerado como parte integrante de la educación cívica.
La melodía no era una sucesión de sonidos producto exclusivo de la inspiración, sino que debía producirse de acuerdo con los tetracordes y géneros, que formaban el sistema, y completamente ajustada a las difíciles reglas del ritmo.
El primer sistema, o primera escala, como decimos hoy, componíase de cuatro sonidos a cuerdas, denominados tetracorde, de cuyos sonidos el primero y cuarto eran fijos y el segundo y tercero móviles, permitiendo esa cualidad de los intermedios, diferentes combinaciones en la sucesión de los intérvalos, de las que nacieron tres diferentes sucesiones de tonalidad, llamadas géneros diatónico, cromático y enarmónico.
Cada género tenía su carácter especial; grave y viril el diatónico, grato y patético el cromático y el enarmónico, dulce y animado, siendo el primero el de más aceptación, por el vulgo, por ser el más natural y fácil.
Con la agregación de nuevos tetracordes, se amplió la forma hasta constituirse el gran sistema, formado por quince sonidos, a los que, para completar las dos octavas, agregaban uno, antes del llamado "hypate hupaton",—correspondiente al sí del segundo espacio grave, clave sol, de nuestra notación—, cuyo sonido o nota denominaban, "proslambamenos", o adjunta.
Además de los géneros tenían modos, con los nombres de Dórico, Jónico, Frigio, Eólio y Lidio, según el del pueblo donde lo tomaron. Cada modo distaba de otro un semitono y ocupaba un justo medio en el gran sistema. Los diferentes modos no eran otra cosa, que una trasposición de un tono a otro, como decimos hoy.