Los modos, además se distinguieron por el punto variable que ocupaban los semitonos de la escala, la cual ya constaba de ocho sonidos o sea de dos tetracordes conjuntos.
Si en el sistema reformado, que pasó a Roma, se analizan y comparan los tetracordes de la escala griega, con los que forman la estructura de las escalas diatónicas modernas, base de nuestras tonalidades, se verá la semejanza de origen.
Por eso después de minuciosas investigaciones y estudios prolijos verificados, entre otros, por Mr. Gevaert[32] y el abate Lhoumean,[33] ha podido afirmarse, que el sistema melódico actual, así como el tonal de canto llano, viene del sistema musical griego, estribando las diferencias del último en la división interior de las escalas modales; los tetracordes griegos están sustituídos por exacordes.
Dice Mr. Gevaert: "el arte del ritmo, tan absolutamente necesario como el de la melodía, o las formas rítmicas creadas por el genio griego y su aplicación a la expresión de los sentimientos musicales, quedarán siempre como testimonio imperecedero de las altas dotes musicales de aquella escogida raza."
"La forma melódica griega, tenía también su parte armónica, basada principalmente en los modos en los que se han encontrado los acordes tónicos de fá, (modo Lidio), sol, (modo Frigio) y do, (modo Dórico). El mérito de las obras musicales lo determinaba la pureza del tono, las bellezas armónicas,—intérvalos armónicos—, y perfecta compenetración rítmica con la expresión del sentimiento."
La melodía greco-romana, aunque con orientaciones hebraicas, fué la constitutiva del cantollano y figurado de los primeros siglos del cristianismo, "quedando siempre dentro del inmenso movimiento de la polifonía moderna y del tipo general de la melodía, como elemento común e intermediario, la melodía homofónica, tipo universal e inmutable del canto vocal". (Mr. Gevaert.)
La gran belleza del arte musical contemporáneo estriba en el enlace de la melodía polífona, lo mismo vocal que instrumental, con la armonía, síntesis de la composición.
Después que San Ambrosio y San Gregorio hicieron las reformas tonales del canto llano primitivo, no se dió ningún otro paso de avance hasta finalizar el siglo IX y principios del X en que se estableció la armonía diáfana o rudimentaria de cuatro notas, atribuyéndose la innovación al monge Hucbald y al italiano Guido D'Arezzo.
En el siglo XI, cuando desaparecieron las últimas huellas de la civilización greco-romana, brotaron los primeros gérmenes de un arte nuevo que evolucionó ampliamente en el siglo XIV con los trabajos de Landino el ciego y Jaime de Bolonia. Los maestros franceses, G. Dufay y Gil Binchais, así como el inglés Juan Duntaple,—al que se atribuye el empleo de la tercera en los acordes—, perfeccionaron en el siglo XV la arquitectura de la composición, que cimentaron sólidamente en el XVI, Cristóbal Morales, Palestrina y otros maestros italianos.
El nacimiento del Gran Sebastián Bach, 1685, señaló una nueva era en la historia de la composición, ya que con su genio inmortal, creó de manera espléndida, por la variedad, pureza y profundidad de conceptos armónicos, la escuela del contrapunto y de la fuga, que hasta hoy permanece inmutable.